Este es un artículo de opinión, un mero ejercicio de expresión pública de reflexiones personales que en nada pretenden ser cátedra de nada, y que seguramente y no sin cierta razón alguien podrá considerar que le aporta poco.

En los años noventa en el seno de las organizaciones sociales y políticas de la izquierda se dio con fuerza un debate en torno a los que vino a denominarse “las cuotas” y que no era otra cosa que la disposición estatutaria para que en los órganos de dirección o candidaturas electorales se estableciera un porcentaje mínimo de representación de mujeres.

En aquella época no es sólo que yo no lo viera, sino que me posicioné en contra y debatí, con la vehemencia propia de la edad, con las compañeras que defendía esta medida como elemento clave para abrir a las mujeres un campo que hasta la fecha les ha había estado vedado.

Yo venía de una organización juvenil, las Juventudes Comunistas, en cuyos órganos de dirección la mujer tenía un peso muy importante, era la selección de los y las mejores me decía; siendo incapaz de tener la perspectiva suficiente para constatar que algo ocurría cuando las direcciones de la mayoría de organizaciones tenía un amplísima mayoría de composición masculina.

Recuerdo en este debate en el seno de las Comisiones Obreras a mi admirada y añorada compañera Mercedes Salguero. Con todo el carriño y con toda la contundencia de la que era capaz y créanme si les digo que era mucha, Mercedes empleaba toda su fuerza argumental para que saliera de mi burbuja y viera la realidad de la sociedad en la que vivía y que aspiraba a transformar.

Lo cierto y verdad es que, por fortuna, yo perdí ese debate y la votación posterior, que se abrieron camino las cuotas y que la historia demostró que este era un mecanismo más que acertado para que las mujeres tuvieran el espacio que en justicia les correspondía. Esa vez ganaron las buenas.

Gracias a esa decisión, mi organización sindical y otras muchas en el ámbito de izquierda pudieron sumar a su acervo el empuje, el tesón, la inteligencia y la sensibilidad de muchas mujeres, que en otro escenario posiblemente habrían quedado relegadas a papeles secundarios, como había ocurrido hasta ese momento.

Las cuotas abrieron las puertas y por ellas entraron arrolladoras mujeres que están haciendo historia. Por ellas entraron Inmaculada Ortega para ser la primera mujer que ocuparía la secretaría general de una organización sindical en nuestra comarca, por ella entraron Lola Rodríguez y Nuria López para hacer lo propio a nivel provincial y andaluz, y otras tantas en los más diferentes ámbitos de la vida pública. Todas ellas cargadas de equipaje, del equipaje de un nuevo impulso, de nuevas formas, de solvencia y de nuevos discursos que han entrado a formar parte de nuestra cultura política y social.

Es por todo ello que en estos días, en los que viene a mi memoria la miopía juvenil que padecí y de la que me considero recuperado gracias mis compañeras, se nuestro comprensivo, que no condescendiente, con algunos hombre que no alcanzan a vez los rostros y las rastros de la desigualdad en este siglo XXI.

Me atrevo a sugerirles que aprenda de mi, que no cometan el error que yo cometí, y que se pregunten si hace falta el feminismo a estas alturas de la historia, cuando a día de hoy y con los datos públicos en la mano, las mujeres cobran menos que nosotros, padecen más desempleo, más jornadas parciales no deseadas, cobran pensiones más bajas o los techos de cristal apenas tienen pequeños arañaos, por citar solo algunos ejemplos del ámbito laboral.

La igualdad de hombres y mujeres es aún un reto y es por ello que todos y todas debemos defender las aspiraciones lideradas por el movimiento feminista.

A Mercedes Salguero, maestra y amiga.