‘Ismos dictatoriales’

Artículo de opinión realizado por Rafael Fenoy

Rafael Fenoy / Foto: AAM

Ismo es un sufijo, va detrás de un nombre, que se utiliza abundantemente en español. Por ejemplo para actividades deportivas (ciclismo…), para especificar actitudes o situaciones sociales (clasismo…), lo usa la ciencia (isomorfismo…) y también se utiliza para clasificar doctrinas, sistemas politicos o filosóficos o movimientos sociales. No es cuestión de contarlas pero, para hacerse una idea, hay algún estudio que sitúa en más de 500 las palabras en español terminadas en ismo.

Posiblemente en el ámbito del pensamiento, por aquello de la capacidad casi ilimitada de darle al “coco” y la sustancia del trabajo asociado, sobre todo en política, religión o filosofía, sea donde más proliferan estos sufijos.  Porque la necesidad de aunar voluntades en torno a alguna idea, o identificar a los enemigos ideológicos, precisa de tener capacidad identitaria.  Es preciso identificarse o identificarlos.  En definitiva, aunque no siempre, “los ismos”, en el ámbito del pensamiento social suelen conllevar intencionalidad.

Dos de ellos son reiteradamente usados en el “argot” político: Liberalismo y Comunismo.  Parecen, solo parecen, conceptos contradictorios y de hecho son confrontados en los debates donde unos grupos, que se publicitan como liberales, califican despectivamente a los contrincantes como de comunistas, y viceversa.  Más allá de los ideales políticos que tanto el liberalismo como el comunismo suponen, la realidad es que en sus manifestaciones históricas, evidentemente imperfectas contaminadas por eso que se conoce como “egoísmos” (otro ismo), ambas corrientes han desarrollado estructuras dictatoriales.

-¡Hombre el Comunismo, sin duda!, pero ¿El liberalismo? -Pués si, ya que si el comunismo desbarró a la dictadura del partido único que acaparó el aparato del Estado, el liberalismo dio riendas sueltas a la dictadura del Mercado.  Tanto en un caso como en otro, la avaricia y el egoísmo, se imponen al bien común, que deja de ser el elemento esencial de toda actividad política. Porque en definitiva todo consiste en “hacer posible, lo necesario”. Pero lo necesario para el común, para toda la población.  No lo necesario para enriquecerse a costa de los pueblos y las gentes trabajadoras.

Y esta perversión es doblemente escandalosa porque ambos conceptos enlazan curiosamente en movimientos anti-autoritarios.  Por un lado, el liberalismo que nace afianzando los derechos del individuo frente al monarca y la aristocracia. La libertad como estandarte de una nueva sociedad que oteó, aunque fugazmente, la Revolución Francesa. La grandeza de esta conquista, pendiente aún, es evidente. Por otro lado, el Comunismo enfatizó el carácter comunitario del progreso, que o es social, o no es tal.  Las realizaciones primigenias en las revoluciones comunistas llenaron de esperanza a millones de personas en el mundo entero. En ambos casos estas efímeras experiencias sociales, verdaderas revoluciones en la historia de la humanidad, se angostaron por el autoritarismo de los poderosos. Realmente la libertad y la comunidad (común-unidad) son aun entelequias que no acaban de cuajar. Se vive bajo la dictadura de los mercados, que es tanto como identificar grandes grupos de poder que quitan y ponen, antaño reyes, hoy gobiernos “democráticos”.  Por ello definirse como liberal o comunista igual da que da lo mismo, mientras cada persona no pueda, viviendo dignamente, ejercer por si, y con la ayuda de sus semejantes, la libertad.

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