‘La personalidad fascista en sociedades democráticas’

Artículo de opinión realizado por Rafael Fenoy Rico, escritor y sindicalista de Algeciras
Rafael Fenoy / Foto: AAM

Cuando se habla de fascismo, surge en el imaginario personajes de antaño, ataviados con la camisa caqui, o azul, botas de montar, cinturones militares, esvásticas o flechas y yugos… También hoy los grupos neofascistas han generado una estética definida por gruesas botas, pantalones de camuflaje o negros, cadenas, cabezas rapadas… Las imágenes ayudan en ocasiones a identificar, mediante la forma, algo de los contenidos y permiten, a propios y a extraños, situarse ante el fenómeno. Algo más complejo es el identificar los comportamientos autoritarios que desarrollan personas que manifiestan una estética totalmente alejada de los estereotipos fascistas, pero no por ello se sitúan fuera de esa macabra órbita. Después de muchos años de dictadura es muy probable que el inconsciente colectivo sitúe alejados del ahora estos comportamientos autoritarios. Sin embargo, la personalidad fascista (término acuñado por Erich Fromm) se reproduce. Ello es debido a que ayuda a quienes desarrollan esa personalidad a conseguir sus objetivos. No es extraño observar a personas cercanas que mantienen actitudes que rozan, cuando no entran de lleno en las liturgias fascistas.

Una sociedad democrática, es decir antiautoritaria, debe estar alerta para analizar los comportamientos que se desarrollan en su seno, al objeto de comprobar que se encuentran libres de prácticas fascistas desarrolladas siempre por personalidades autoritarias. La investigación socio-psicológica ha desarrollado instrumentos que permiten analizar las conductas e identificar el grado de autoritarismo que se encuentra en ellas. Desde el ascenso de los fascismos, sobre todo después de la gran crisis económica de 1929, “Crack de Wall Street”, es cuando se hizo mucho más patente, que en otros momentos históricos, el fenómeno autoritario. Una constante histórica que liga situaciones de crisis y auge de los autoritarismos. Y ¡Ojo! con la actual situación mundial caracterizada por múltiples crisis <ecológica, económica, poblacional…>

En 1950 el grupo de investigadores de la Universidad de Berkeley, en California, coordinado por Theodor W. Adorno trabajó para la comprobación de la existencia de una “personalidad fascista”. Estas investigaciones fueron promovidas por el gobierno de Estados Unidos, con el objetivo de comprender y prevenir conductas anti-semitas y se desarrollaron mediante estudios de casos, pruebas psicométricas (ejemplo escala F, de fascismo) y entrevistas clínicas. Concluyendo que “algunos rasgos de personalidad profundamente arraigados predisponían a algunos individuos a ser muy sensibles a las ideas totalitarias y antidemocráticas. Además, identificaros tres aspectos que se asociaban en los comportamientos y creencias. La hipótesis del grupo de Adorno era que el Antisemitismo, Etnocentrismo y Conservadurismo podrían ser manifestaciones de una personalidad determinada que ellos denominaron: fascismo potencial o personalismos potencialmente antidemocráticos. Esta personalidad es posible identificarla mediante nueve componentes de la escala F (FASCISMO POTENCIAL O AUTORITARISMO). En los procesos educativos, por aquello de prevenirlos, y en el seno de las organizaciones humanas, empresa, asociaciones de todo tipo, convendría ir tomando nota de ellos, ya que toda sociedad democrática, por definición anti-autoritaria- debe ser muy consciente de la existencia de estas personalidades fascista para: Prevenir su conformación, identificarlas cuando se manifiesten y reconducirlas llegado el caso. Algunos de los nueve rasgos que analiza la escala F son: Convencionalismo. Sumisión a la autoridad. Agresividad autoritaria. Superstición y estereotipia. Afán destructivo y cinismo. Hostilidad generalizada o Intolerancia hacia homosexualidad.

La naturaleza humana, fruto de una construcción lenta y laboriosa, sujeta a determinadas experiencias muy significativas, desarrolla personalidades como resultante compleja de la interacción de muchas variables. Es necesario comprender algunos de los mecanismos que permiten identificar la personalidad autoritaria que, por su propia naturaleza, tiende al control de las organizaciones donde se encuentra. El más claro indicio de su posible existencia es la resistencia a perder el control de la parcela de “poder” que, a fuerza de persistir la personalidad fascista, logra conquistar en cualquier organización. Para evitar la pérdida de poder utiliza cuanto está a su alcance, llegando incluso a la mentira, al insulto, a la calumnia, en un afán de destruir a la persona o personas, que a su juicio, podrían producir el cambio de su status en la organización. Una personalidad autoritaria jamás se contenta con ser uno más. Su convicción de poseedor de la verdad, la única, les hace adoptar manifestaciones de un EGO inmenso, que para sus seguidores (siempre los lideres autoritarios los tienen) son muestras de la mística verdadera.

En muchas organizaciones la mística que en su seno desarrollan estas personalidades fascistas, lleva a legitimar un dogma que siempre se pretende imponer al resto de la organización, justificado por la “historia”, la “tradición”, o la “verdad”. Para conseguirlo se recurre al engaño, a la calumnia, a la presión psicológica de los contrarios e incluso a su destrucción moral, social o física, con el claro objetivo de que quienes protegen el funcionamiento democrático de las organizaciones abandonen. En libertad es más que posible errar, en libertad es necesario analizar críticamente los comportamientos propios o de otras personas, defender ideas, propuestas… Defender la libertad exige establecer garantías suficientes para evitar que esas personalidades fascistas consigan la destrucción de las personas mediante difamación, el engaño y la mentira.

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