‘Sobre coaliciones y pactos políticos’

Artículo de opinión realizado por Rafael Fenoy Rico
Rafael Fenoy / Foto: AAM

Los pactos son buenos. Al menos eso dice el sentido común, ya que en lugar de enfrascarse en una contienda mejor ir de la mano hasta donde se pueda. Pero, ¡un pero lacónico, un frenazo a toda ligereza!, en política los pactos son una materia muy delicada que no siempre sustituye a las contiendas, sino que las pretenden ocultar.  

Pactos tienen Unidas Podemos con el PSOE y por ello gobiernan el Estado. Pactos tiene el PP, en algún sitio con VOX, y no parecen que estén en buena armonía. Ha habido pactos históricos que han sido suicidios políticos como el del Andalucismo de Rojas Marcos con la UCD en octubre de 1980. Después de este, se han conformado unos pocos más, y en Andalucía, con el PSOE gobernando, IU (Izquierda Unida) también firmó otro. Entre tanta propuesta de pactos, no se cansaba el gran político comunista Julio Anguita en predicar, dentro y fuera de su partido, el catecismo del “Programa, Programa…”. Porque Julio llevaba más razón política que un “santo” cuando, por coherencia y respeto a las gentes que habían votado a IU, defendía que primero estaba el PROGRAMA y luego todo lo demás. Digan, quienes piden el voto, para qué lo piden. Y una vez que se le otorga ¿queda comprometido con el votante anónimo? ¿No será esto del anonimato una trampa para el votante? A estas alturas ¿por qué tener recato a la hora de identificarse como votante de tal o cual opción? ¿No sería mejor dar nombre y apellidos al votar una opción política para así adquirir la entidad de persona interesada y de esta forma poder ir al juzgado y poner una querella al político que prometió, recogió el voto y luego lo defraudó? ¡ciencia ficción! Hace unas décadas el muro de Berlín parecía indestructible y por qué no hablar de los 40 años de dictatura del General Franco.  

Tienen sentido las coaliciones electorales, ya que parece razonable y sobre todo justo, que quienes votaran sepan a quien lo hacen. Todo pacto debe hacerse antes de las elecciones, construyendo coaliciones electorales para presentar a las personas votantes un solo programa electoral.  A toro pasado, después de que la tan cacareada soberanía nacional o autonómica o municipal se pronuncia, aunque sea con abstenciones del 40 y tantos largo por ciento, no parece legítimo pactar con nadie. Porque con ello se engaña al electorado, aunque después de 40 años de transición inacabable, demostrado está que esto de defraudar al electorado  les importa muy poco, por no decir nada.  Les trae al pairo lo que el electorado haya votado. Porque ni siquiera el programa presentado amarra a nadie y viso lo visto, menos que a nadie a quienes lo ofrecen como golosina electoral para captar el voto.  

Cuando un partido político nace se supone que quienes en él se asocian no encuentran acomodo en los ya existentes. Cuando un partido se fracciona, unas gentes se quedan, otras se van a casa o forman otro partido. Sea porque nace de cero o por fraccionamiento, es poco, por no decir nada serio, justarse con otros partidos preexistentes. Cabe, eso sí, fusionarse en proyectos políticos de mayor amplitud, por ejemplo, el proceso por el que alrededor del PSOE se arremolinaron a un gran número de partidos socio-comunistas que se quedaron fuera del Parlamento, en la primera cita electoral en 1979. La UCD ganó esas elecciones y el PSOE se consolidó como el partido de la oposición con 120 escaños. Otros como el PCE (partido comunista de España) quedó muy por debajo de sus expectativas con sólo 20 diputados, Alianza Popular, del exministro franquista Fraga Iribarne y destacado líder del PP, obtuvo 16 escaños y una coalición de partidos socialistas, que acabarían integrados en el PSOE, liderada por el profesor Tierno Galván, que llegó a ser el entrañable alcalde de Madrid, sólo obtuvo 6 escaños.  

De momento la persona que esto lee no se ha encontrado de momento con las dos palabras que insistentemente pretenden simplificar el panorama político: derecha e izquierda. Y es que en los programas, escritos o comunicados de algunos partidos se emplean estas con bastante fruición. Como si al utilizarlas se estuviera realmente diciendo algo. No obstante, vienen a cuento para el tema que se aborda: “Pactos o coaliciones políticas”. Porque, cuando se pregunta sobre los pactos de cara al 28 de mayo en Andalucía, se espera que cualquier propuesta, de estos o estas, se ciña al guion de las derechas o las izquierdas. ¿Pactos o coaliciones contra-natura? ¡Para nada! Conviene tener en consideración que la inmensa mayoría del electorado no parte de ideologías que se encuentren más allá del día a día que les toca vivir o lidiar.  En situaciones de necesidad lo urgente es lo real, todo lo demás pasa a ser ficción y las estadísticas ofrecen un panorama en el que millones de personas andaluzas no están para discursos.  

No obstante cuando se trata de “Coaliciones” el votante se sitúa dentro de un onírico horizonte y las preguntas no sólo suelen ser inoportunas, sino que además, la mera existencia de la coalición traslada a quienes tendrán que votar la imagen de un cierto grado de debilidad y confusión. El ejemplo más cercano fue la coalición que lamentable protagonizaron unidas-podemos. Con cierta lógica se presumía que se sumarian los apoyos de cada una de las fuerzas políticas que se coligaron. La resultante fue una resta, a la que han sucedido divisiones.  Aquello que se pretendía una granítica alianza se ha convertido en ejercicio de una “suma” difícil de transitar donde miles de personas honestas y militantes pretenden sobrellevar.  

Por ello cuando se acerca la cita electoral ¿tiene sentido preguntar por los pactos a toro pasado? 

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