‘Vencer o convencer’

Artículo de opinión realizado por Rafael Fenoy

La humanidad cada vez es más consciente que se enfrenta a retos nunca antes existentes. Tanto en lo global como en lo cercano la lógica de la cooperación se abre paso, entre una selva histórica plagada de confrontaciones, de guerras, de sometimientos, de explotación y exterminios. Se precisa afrontar el presente con visión de futuro con la conciencia de que cada paso hoy nos debe llevar a superar desencuentros y conseguir consensos. Renunciar hoy a imposiciones que impedirán el imprescindible encuentro mañana. Porque cuando se invoca la sagrada palabra del “consenso”, las perspectivas diversas, todas, han de renunciar de entrada a considerarse únicas verdaderas, para asumir que las contrarias pueden aportar también soluciones.

En la larga historia del separatismo parece que está llegando la hora del “desarme” ideológico que enmascara la contienda por el poder de las clases dirigentes en cada territorio. Los nacionalismos se imponen a los pueblos para utilizarlos en beneficio de unas mayores “ganancias” de quienes los mandan. Esta evidencia histórica nadie la pone en duda. Crear, en el ánimo de un “populacho” históricamente analfabeto, la imaginería de la Independencia como paraíso donde se resolverán todas sus tragedias, ha sido cosa bastante fácil, como confirman las numerosas y sangrientas guerras padecidas por las gentes de todas las partes del mundo.

No es posible imponer el sentimiento de ser pueblo.  Si una persona se siente formando parte de un proyecto común, histórico, cultural, social… esa persona forma parte del mismo. Y eso o se siente, o poco o nada se puede hacer.  Y si no se siente es imposible obligar a nadie a que lo sienta. Quienes vivieron la etapa de la dictadura franquista fueron testigos de las prácticas dictatoriales, fascistas, con que el régimen del General Franco, imponía el mostrar públicamente los “sentimientos patrios”. ¡Ay, de quien, cuando se oyera el himno nacional, no se parara y mantuviera una postura “respetuosa”, o incluso no levantara el brazo derecho en alto a modo de saludo fascista!  Se le caía más que el pelo. ¡Ay, quien usara su lengua materna distinta del castellano impuesto por el régimen!  El control social y político era permanentemente constante. El miedo estaba instalado en el ánimo de todas las personas, incluso en las más adeptas al régimen. Miedo hasta de que alguien escuchara alguna expresión poco conveniente o desafecta al mismo.

Hora es de asumir que hay quienes dejan de sentirse parte del pueblo español y que están en su derecho a manifestarlo de forma que no puede suponerles reproche alguno. De la misma forma estas personas separatistas no podrían imponer a otras su visión.  Se requiere el convivir de las diversas sensibilidades y convicciones estableciendo acuerdos que supongan reconocerse mutuamente, para que la vida cotidiana de las personas en esos territorios transcurra de la mejor forma.

Si el separatismo catalán, al menos una parte significativa del mismo, asume el enfoque que permita resolver la confrontación, mediante la renuncia a la “unilateralidad”, la puerta del diálogo está abierta y la eficacia de la vía judicial constitucional, aunque imperfecta para unos y denostada para otros, se ha materializado. Con esta renuncia a la imposición unilateral de la “independencia”, el indulto, aunque a alguien le suene a “traición”, es la clave que permite cerrar un arco que debe soportar el peso del edificio de un diálogo, aunque esté lastrado por intereses inconfesables individuales y de grupos de presión. Porque nadie explica a nadie la verdadera naturaleza del por qué dividirse, de separarse de un pueblo, formado por personas que siempre se han reconocido como tal con independencia del lugar de nacimiento. A estas alturas del siglo XXI, y en un mundo globalizado hasta en sus raíces, España, no es “la unidad de destino en lo Universal”, como se adoctrinaba a la infancia en las aulas del antiguo régimen dictatorial.  Mucho ha cambiado el panorama desde la guerra incivil española o las sangrientas y destructivas guerras mundiales. Muchos imperios se han desmoronado, se han reorganizado los grupos del poder mundial, siempre supervivientes y cada vez más poderosos.

Y España, integrada en Europa y en multitud de tratados internacionales, ha renunciado a mucha, pero que mucha, soberanía, aunque esto no acaben de verlo quienes añoran una España imperial imposible. La historia nos cuenta de la existencia de multitud de pueblos y naciones que ya no existen. ¿Quién le diría al pueblo romano en el siglo I, que Roma, sería un vago recuerdo dos mil años después?  Ahora se percibe con mayor claridad que España comenzó a desdibujarse hace tiempo pasando a conformar un sentimiento identitario para millones de personas, pero no para todas las que hoy viven en ella. Conviven en esta tierra muchas personas de nacionalidades distintas, muchas de ellas entroncadas en una incipiente identidad europea, otras con aspiraciones a ello y provenientes de todas las partes del mundo. Y en este proceso de amalgamamiento ¡aún hay quien se siente separatista! Incluso separatistas Españoles, secuestrando para sí, y en exclusiva, los símbolos de la nación para embadurnarlos de una ideología que pretende separarse, segregarse del común al que representan esos símbolos. Por eso nadie puede utilizar los símbolos que representan a todas las personas para relacionarlos con su particular y no compartida ideología. Y es necesario, a estas alturas del siglo XXI, que se revisen los elementos esenciales que sostienen el pacto social por el que un pueblo decide colectivamente convivir y apoyarse mutuamente. Ningún separatismo (catalán, español,…) tiene futuro porque su esencia es pretender vencer cuando estamos en tiempo de convencimientos.

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